¿Locura, amor o enclitofilía?

Artículo extraído de la Revista Expresión Forense N° 19, escrito de manera Anónima


A principios del siglo XX, fue el pionero de la criminalística, Edmon Locard, quien definió con la palabra “enclitofilia” a la atracción sentimental y sexual que algunas mujeres sienten por asesinos, delincuentes o presos.



Para el criminalista Raúl Torre el caso más famoso de enclitofilia en el mundo es el de Ted Bundy, “un criminal que fue condenado por veinte tantos de homicidios (en el listado oficial se habla de 36 víctimas en Estados Unidos) pero se calcula que mató más de cien: las torturaba, las golpeaba y después las mataba a golpes o mazazos”.


Según su registro, “se formó el club de admiradoras de Ted Bundy y lo iban a ver a la cárcel para tener relaciones íntimas con él”. Pero no hay que ir tan lejos, ni temporal ni geográficamente, para toparse con historias parecidas, aunque el psiquiatra forense Miguel Maldonado aclara que el caso de Romina Martínez “no es una encrlitofilia”, porque conocía a Cardozo “desde antes del triple homicidio, y además, tenían una hija en común”.


“Pasiones ocultas”


Para el especialista, aquella patología definida por Locard “se da en mujeres que conocen un preso acusado de crímenes resonantes, y se enamoran de él. Y no es este el caso”. “Cardozo comete este hecho para vengarse de Romina Martínez porque lo había abandonado”, explica Maldonado, agregando que esa revancha “despertó pasiones ocultas en Romina, y a partir de allí se re-enamora del criminal”.


Consultado por la posibilidad de que la joven haya actuado como instigadora, cómplice o encubridora de la masacre (hipótesis que el fiscal de juicio pidió investigarla), el psiquiatra forense no la cree posible: “No ha sido cómplice, pero tiene un trastorno de personalidad, alguna perversión a estudiar y diagnosticar”, aclaró.


Al declarar en la primera audiencia del juicio, Cardozo lloró ante los jueces, reconociendo que estuvo en la casa donde se cometieron los crímenes, pero que no fue “consciente”.

“Salía de mí una voz gruesa que me decía ́tengo que matar ́. En ese momento fue todo segundos para mí”, afirmó Cardozo, quien dijo que no sabía qué podría haber pasado si allí también se encontraba su pareja y la hija de ambos. Un día después, y en un canal de televisión, Romina abonó la teoría de la posesión y responsabilizó de todo a la religión umbandista, que ellos practicaban.


“En el umbandismo hay una serie de ceremonias de características y contenido esotérico, donde la posesión está presente, y para ahuyentarla veces se hacen sacrificios de animales. Lo terrible es cuando se decide que esos sacrificios sean de humanos”, analiza Maldonado, sin pasar por alto que la religión católica “también acepta la figura de la posesión satánica, donde un cura sanador practica el exorcismo hasta expulsar al Diablo del cuerpo poseído” “Influjo nefasto” Para el especialista en seguridad Luis Vicat, “el recurso de la mística o de la posesión demoníaca no alcanza para explicar satisfactoriamente los hechos de Benavídez. Válido como argumento para ejercer la defensa técnica, pero inconsistente a la hora de una evaluación de quienes jurídicamente deben mensurar en un todo las implicancias y circunstancias del hecho”.


A criterio del experto, “alevosía, sevicias, y aflorando por, sobre todo una brutalidad y ferocidad que remite a una novela de horror, tampoco alcanza para entender la decisión de Romina de acceder a dar vida al autor de tanta muerte”.


“Suponiendo que existiera un demonio inquieto que susurraba al oído de Cardozo, pareciera que su influjo nefasto se extendió a Martínez”, dice Vicat, “fascinándola al punto de aceptar su relación y quedar embarazada del victimario de su familia”. Pero el especialista no descarta que “la hipótesis de una complicidad entre ambos para eliminar molestias, al decir de familiares de las víctimas, sea la posibilidad que se va corporizando”.

Para Maldonado, este es “un caso más donde campean la promiscuidad, la primitivez de sus autores, y la presencia del pensamiento mágico, tan frecuente en los individuos de un precario intelecto”.


Crónica de una mañana sangrienta


El 27 de agosto de 2012 Juan Carlos Cardozo faltó a su trabajo. Fue a la casa de Uruguay 633, de Benavídez, detrás de la vivienda de sus suegros y donde por entonces vivía Romina. Lo recibió la abuela de su ex pareja, Nilda Ludovica Ham (76). Declaró que una voz gruesa le dijo “tengo que matar”.

Y que la mató nomás de unas 20 puñaladas. Después asfixió a Marisol, de 6 años, la hijita de Romina que dormía en su cuarto. Después entró la hermana de Romina, María Florencia Martínez (15), para darle remedios a su abuela. La chica era experta en karate y se defendió. Recibió 40 puñaladas.


“La gente cree que estoy loca, pero yo estoy bien”


“Cuando lo veo a él pienso que no fue él, que fueron su manos. Y le creo, porque lo conozco y se que amaba a mi hija, se llevaba bien con mi hermana y tenía una relación cariñosa con mi abuela”, dijo Romina Martínez, entre muchas otras cosas, en una entrevista con el noticiero del canal América, el viernes pasado. Es consciente de que “la gente cree que estoy loca, pero yo estoy bien. No se va a repetir porque ya no participamos de esa religión”, explicó, poniendo toda la responsabilidad en el umbandismo.


El fiscal de juicio había pedido al Tribunal que condene a Juan Carlos Cardozo a la pena de reclusión perpetua, por el triple femicidio en Benavídez. El defensor oficial de Cardozo, planteó que su defendido demostraba “una incapacidad psíquica de la culpabilidad”.


“Mi asistido no ha podido dirigir sus acciones en el momento de los hechos”, aseguró, por lo que solicitó a los jueces que sea absuelto por los tres crímenes o que, de forma subsidiaria, el Tribunal reconsidere la figura de la alevosía como la accesoria de reclusión por tiempo indeterminado. Finalmente, Cardozo dijo en sus últimas palabras que le pedía “disculpas” a la familia de sus víctimas y, llorando, rogó “misericordia”.

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