El lenguaje de los presos en la piel


¿Qué extraños signos se ocultan bajo la piel de los reclusos? Desde tiempos inmemoriales, el tatuaje ha estado relacionado con lo marginal, como arte de minorías y como lenguaje criminal. En lo más profundo de las celdas se cierne un sistema iconográfico que determina pautas, valores, y conductas, propio de un mundo violento y en oscuridad.


Los cuartos son estrechos y oscuros. Las camas, sucias y destartaladas invitan a un descanso casi sepulcral.


Los muros grises y húmedos de la prisión comunican una sensación de frío y tristeza. Los pasillos parecen laberintos intrincados, que no conducen a ninguna parte.


A veces todo es calma, como si un velo impenetrable a los sonidos hubiese envuelto de pronto la cárcel. Entonces, los prisioneros buscan llenar desesperadamente el vacío de los días lentos, mientras se baten a duelo con el hastío de la soledad.


Alguien fuma un cigarrillo, como si fuese el último; y no es más que un suspiro final. De pronto el silencio se quiebra, e irrumpe en la nada sonora el ruido metálico de los cerrojos. El paso lento y cadencioso de un guardia de la cárcel pone el alerta a los presos, e imprevistamente, la enorme bóveda de piedra se convierte en un avispero.


Se oyen risas, juramentos, canciones soeces, gritos e insultos. En el corredor, las escobas zumban mientras el agua salta sonora. Allí, dentro de la cárcel transcurre la vida de hombres solitarios, de pasado sórdido y tormentoso, mal vestidos, con aire brusco y concentrado que se pasean como leones enjaulados.


Muchos de ellos provienen de los arrabales de la sociedad. Para estos seres errantes, el miedo no tiene límites y los excesos no tienen fronteras. Algunos purgan condenas de más de 10 años, y también hay quienes cumplen una sentencia perpetua.


Entre las paredes derruidas y en medio de pobrísimas condiciones de higiene combaten la soledad con el trabajo (privilegio para pocos, ya que es escaso y está reservado para los de mejor conducta). Otras veces dedican su tiempo a la amistad, aunque este tipo de vínculo con frecuencia desencadena conflictos por cuestiones de “clase”, entre los distintos grupos del penal.


En las cárceles todos conviven con reglas no escritas, son las leyes secretas del encierro. Dentro de este páramo condenatorio, muchos presos ocupan su tiempo grabando inscripciones en los muros, cual escribas desterrados. Con un clavo, reproducen columnas numéricas, signos y jeroglíficos indescifrables.


Sin embargo, estos hombres hallan un terreno más apto para plasmar sus verdades, reproches, recuerdos, y confesiones del alma; utilizan la escritura y recrean a través del tatuaje un lenguaje inédito: el lenguaje de la piel.

...los presos imprimen sobre su pecho, el nombre de la mujer amada, como signo de consolidación del vínculo.

El tatuaje carcelario


En las cárceles, la práctica del tatuaje pone al descubierto un submundo de significados ocultos. Los presos fueron unos de los primeros grupos que usaron los tatuajes para diferenciarse del resto de la sociedad, ya sea como señal de rebeldía o como símbolos de pactos entre logias carcelarias.


Los internos los denominan “tumberos”, y en general responden a un significado bastante específico.


Acostumbrados a flirtear con la muerte y el peligro, no dudan en jugar al filo de la ley. Y a través de los dibujos profieren mensajes amenazantes contra el orden establecido. Cuando un preso se hace el tatuaje de una serpiente enroscada en una espada, está expresando simbólicamente que se ha comprometido a matar a un policía. Y su promesa no tiene retorno, es imborrable.


En muchos casos, los tatuajes carcelarios demuestran y afianzan metafóricamente los lazos familiares. En otros, expresan agresividad o confieren mayor jerarquía a quien los porta, dentro del círculo de los presidiarios.


De acuerdo con una investigación efectuada en la cárcel de Rawson, por cuatro médicos de Chubut, de los 200 internos que alberga el establecimiento, 115 están tatuados.


Los doctores Juan Ramón Acosta, Mariano Accardo, Ricardo Alvarez y Oscar Giovanelli trabajaron durante dos años con los presos e hicieron una clasificación exhaustiva de los tatuajes.

Los motivos místicos, por ejemplo, son imágenes de santos y vírgenes, cruces o figuras de Cristo y del diablo. Generalmente, este tipo de tatuajes es muy común en los presos acusados por violación. En un 90% de los casos, esta clase de presidiarios se vuelcan al estudio de los Evangelios y adoptan posturas pacifistas. Los tatuajes pacíficos, también usados por agnósticos y ateos suelen representarse con dibujos de palomas, flores, estrellas o palmeras.


Mientras que para reafirmar su identidad, muchos presos eligen tatuarse su nombre entero o sus iniciales.


También existen los tatuajes afectivos. Así como los griegos creían que el corazón era el lugar donde los hombres guardaban sus amores y pasiones; los presos imprimen sobre su pecho, el nombre de la mujer amada, como signo de consolidación del vínculo.


Esta forma de escritura permite observar la superficie de la piel como lectura iconográfica, mediante la cual se descubre lo biográfico, ya que se pueden reconstruir fragmentos de la vida del sujeto, a través de sus tatuajes.


Las distintas variantes operan como métodos extravagantes, y a la vez, legítimos de comunicación. Pues los mensajes que los presos reproducen en sus tatuajes conforman una verdadera gramática de la piel.


Chicos malos


Otra variante que se ve con frecuencia en los internos, son los tatuajes agresivos, representados con dibujos de aves de rapiña, espadas, animales feroces y puñales.

Mediante estas figuras, los presos intentan poner en evidencia su rudeza, muchas veces con el fin de obtener un escalafón superior dentro del rango otorgado por los internos.

La calavera, por ejemplo, significa que el portador del tatuaje no dudará en matar, ante una situación límite, para otros es una advertencia a la que se deberá prestar mucha atención.


La chica de los presos


Desde tiempos remotos, el tatuaje ha estado íntimamente relacionado con el erotismo. Los antiguos tatuajes japoneses estaban poblados de geishas, y el célebre director de cine, Peter Greenaway supo plasmar como ninguno el sentido erótico de la escritura sobre la piel, en su película Escrito en el cuerpo.


Este factor, tampoco está ausente en el universo carcelario. Los tatuajes sexuales son utilizados comúnmente, como rasgo diferenciatorio. En los heterosexuales, las figuras son procaces y tienden a reafirmar la virilidad de quien lo porta. En el caso de los homosexuales, el dibujo más habitual es el de dos mariposas juntas.


Para muchos reclusos, la piel es el terreno más apropiado para volcar sus fantasías amorosas. Según el análisis de los médicos, este tipo de tatuajes se ubican siempre en las piernas o la pelvis y representan “la apetencia y necesidad del interno, de tener relaciones sexuales”.


Los tatuajes eróticos, generalmente se grafican con la figura de una mujer desnuda; es “la chica de los presos”, de formas exuberantes y curvas peligrosamente seductoras.


Los lugares del cuerpo que eligen los presos para plasmar cualquier tipo de tatuajes son muy variados. La gran mayoría se ubica en los brazos, las piernas o el pecho; aunque también se imprimen en el estómago, la espalda o el pene.


Gracias a las nuevas tecnologías, las técnicas del tatuado han dejado de lado lo artesanal, y las herramientas utilizadas ya forman parte de la industrialización. Sin embargo, en las cárceles, los tatuajes se hacen manualmente, sin colores ni elementos artísticos.


En general, los secretos de la técnica se transmiten de convicto a convicto, otorgándole a esta práctica, un halo de misterio, cual si fuera un rito iniciático, propio del submundo de las cárceles. Pero en otras ocasiones, el traspaso de la “ciencia’ obedece a fines pragmáticos, por ejemplo, como contraprestación por otros favores.


La máquina que utilizan es totalmente casera. Consiste en un motorcito de radio, del que se desprende una birome, un tenedor o un cuchillito sujetado con hilos o alambres. El motor a pila hace que el elemento punzante se mueva como las agujas de la máquina de coser, entrando y saliendo de la piel. El pigmento que generalmente utilizan, es la tinta china o el fluido de las biromes Bic.


Lo cierto es que entre rejas, rencores y penitencias, el tatuaje carga al cuerpo de los presos de significado. Y como su condena, éste será un estigma que los acompañará por el resto de sus vidas.


Un mito con historia


Existen muchas hipótesis acerca del origen de la palabra Tattoo. Una de ellas indica que el término deriva del vocablo “tatau”, originario de la Polinesia, que significa “cortar o herir”. Por este motivo, la práctica del tatuaje implica la penetración de tinta o pigmentos bajo la piel.


En un principio, la utilización del tatuaje estuvo vinculado con el pensamiento mágico-religioso y la creencia de la vida ultraterrena. Los ejemplos más antiguos provienen de la cultura egipcia, de donde procede la momia tatuada de la sacerdotisa Amunet. También lo practicaron los fenicios, asirios y las mujeres de Bretaña.


Los griegos acostumbraban tatuarse serpientes, toros y motivos religiosos. Pero por sobre todo, y al igual que los romanos, utilizaron esta técnica para marcar a los prisioneros. Más tarde, los pueblos bárbaros impusieron la moda del tatuaje; entre ellos se destacaron los pictos, un pueblo guerrero del norte de Escocia, de raíces celtas; cuyo nombre en latín, “picti”, significaba los pintados.

Tattoo...el término deriva del vocablo “tatau”, originario de la Polinesia, que significa “cortar o herir”.

el término deriva del vocablo “tatau”, originario de la Polinesia, que significa “cortar o herir”.


Con la llegada del Cristianismo, y la consolidación de la Iglesia Católica esta práctica fue desterrada por considerarla sinónimo de idolatría y superstición.


El surgimiento de los gremios de artesanos, durante la Baja Edad Media; y la expansión de los viajes de ultramar, durante el Renacimiento provocaron la difusión de esta costumbre, incluso en el Nuevo Continente.


También el legendario capitán James Cook adoptó la tradición del tatuaje, de las tribus polinesias y maoríes de Nueva Zelanda, convirtiendo esta práctica en una costumbre habitual entre los marineros.


Durante las Guerras Mundiales, el tatuaje representó una señal de pertenencia, que afianzaba la camaradería y el espíritu del cuerpo, entre los soldados.


En la década del 60’, los viajes sin destino, el consumo excesivo de cerveza, los tatuajes y la Harley Davison fueron el denominador común de las bandas motoqueras de Estados Unidos.


La rebeldía de estos grupos fue adoptada por los más jóvenes, junto al fenómeno que produjo el Rock and Roll.

Desde entonces, cada década tuvo su propia estética, desde el inconformismo político y militante de los 60’, La disco de los eclécticos 70’, hasta la frivolidad de los 80’ y 90’. En cada época, el tatuaje ha estado presente sobre la piel de muchos hombres, acaso con el fin de dar testimonio de su experiencia y su intervención en el mundo.


El veredicto en la piel


A lo largo de la historia, el tatuaje ha formado parte de lo clandestino y marginal, incluso en el ámbito del delito.


Hacia mediados del siglo XIX, los sistemas clasificatorios e identificatorios a los criminales comienzan a demostrar graves falencias. Gracias a la intervención del método antropométrico de filiación, inventado por Alphonse Bertillon, a fines del 1800; y el sistema de huellas digitales, los procedimientos de identificación personal permitieron llevar un control y registro exhaustivo de la población.

A partir de ese momento, las marcas constituyeron elementos decisivos a la hora de determinar los procesos oficiales de la ley y del castigo. De acuerdo con la mirada institucional, a partir de la regularidad de ciertas formas se constituyó una tipología de conductas dentro del ámbito criminalístico de antaño. Así lo demuestra Truman Capote en su obra “Música para camaleones”, donde desarrolla elaboraciones teóricas sobre el género policial.


A raíz de este método de identificación el tatuaje adquiere connotaciones discriminatorias y de exclusión. Dado que los tatuajes no se pueden borrar en la piel, no sólo se transforman de este modo en documentos de identidad, sino también en una suerte de condena a muerte. Prueba de esto fueron los campos de desaparición en América Latina, durante las dictaduras militares, pasando por el Gulag y los campos de exterminio nazis. Allí, la negación de la identidad era obligatoria, se despojaba al recién llegado de todo elemento o atributo que pudiera remitir a su condición de individuo social. A la vez que se le otorgaba una “nueva identidad”, para diferenciarlos dentro del reducto.


“En Auschwitz -según señala Hannah Arendt, en su libro “Crisis de las Repúblicas”- el número tatuado daba cuenta de la fecha de ingreso al campo y también se lo utilizaba para indicar ciertos rangos (los números altos correspondían a los millonarios, quienes eran despreciados por los números bajos, que se correspondían con los que habían entrado primero).”


Como se ve, la estratificación en los campos y el uso del tatuaje como estigma no se diferencian mucho, de cualquier otra sociedad, excepto por el velo del horror.


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